Desde que Elena pisó la obra por primera vez, supo que aquello sería más que un simple proyecto arquitectónico. Con apenas 24 años, había logrado el diseño de un moderno complejo habitacional en la ciudad, un logro que la llenaba de orgullo. Pero lo que no esperaba era encontrarse con Samuel, el contratista a cargo de la ejecución. Un hombre de 45 años, de mirada intensa y manos firmes, con la experiencia y el carisma de quien ha pasado décadas dominando su oficio.
Desde el primer encuentro, la tensión entre ellos fue palpable. Elena se decía a sí misma que era absurdo, que aquello no podía ser más que admiración por un profesional con más trayectoria. Pero cada mirada sostenida, cada roce casual mientras discutían los planos, encendía algo dentro de ella. Y Samuel, consciente de esa atracción, supo cómo llevarla al límite.
Una tarde, mientras supervisaban los avances en un apartamento a medio construir, el calor sofocante de la jornada pareció envolverlos en una burbuja donde solo existían ellos dos. Samuel cerró la puerta tras de sí y la miró con intensidad.
—Elena, dime que no quieres esto y me detendré —susurró, acercándose.
Pero ella no quería detenerlo. Su respiración se entrecortó cuando sintió su cuerpo pegado al de él, su piel erizándose ante el roce de sus manos rudas deslizándose por su cintura. Se besaron con urgencia, con la pasión reprimida durante semanas. Las prendas cayeron rápidamente, y entre suspiros y gemidos ahogados, Elena se entregó a él en aquel espacio inacabado, sobre una mesa de madera improvisada.
Los encuentros furtivos se volvieron parte de su rutina. En la oficina, en la obra, en habitaciones de hotel donde sus cuerpos se buscaban con desenfreno. Samuel la hacía sentir deseada, la hacía descubrir rincones de placer que nunca había explorado. Pero lo que para ella era pasión y entrega, para él era un secreto bien guardado.
Hasta que una noche, revisando su teléfono, encontró un mensaje que lo cambió todo. Una mujer le escribía con familiaridad, con amor. Curiosa, escarbó un poco más hasta descubrir la verdad: Samuel estaba casado. No solo eso, sino que había estado jugando con ella todo el tiempo.
La rabia y la humillación la golpearon con fuerza. Sintiendo el corazón destrozado, lo enfrentó al día siguiente.
—¿Cuánto tiempo pensabas seguir con esta mentira? —preguntó, con la voz temblorosa de furia.
Samuel intentó justificar lo injustificable, pero ya no había excusa que la convenciera. Con la dignidad intacta, Elena se alejó de él y de aquella relación construida sobre engaños. El dolor tardaría en sanar, pero aprendió la lección: su talento y su corazón no estarían nunca más al servicio de quien no los mereciera.