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El día que Facebook dejó de existir (y nadie supo qué hacer con sus propias ideas)

Imaginemos, solo por un momento, un escenario digno de ciencia ficción: despiertas, tomas tu celular medio dormido, abres la app azul… y nada. No carga. Intentas de nuevo. Reinicias el teléfono. Cambias de red. Preguntas en WhatsApp. Buscas en Google. Pero es real: Facebook ha desaparecido. No hay comunicados, no hay despedidas, no hay “gracias por estos años”. Simplemente se esfumó, como si alguien hubiera desconectado el interruptor global de la validación social.

Las primeras horas serían caóticas. Personas caminando en círculos sin saber dónde publicar la foto de su desayuno, empresarios sin entender cómo sobrevivirán sin sus campañas segmentadas, y opinólogos en crisis existencial al no tener dónde escribir “hilos” que nadie pidió pero todos comentaban. La tía que todo lo comparte quedaría en silencio absoluto, y ese silencio, curiosamente, sería más perturbador que cualquier cadena de oración. Y entonces vendría un momento particularmente dramático: el de algunos colegas de los medios de comunicación que, sin la plataforma, no encontrarían la manera de copiar y pegar los múltiples boletines de prensa. Sin ese flujo constante de contenido listo para publicar, el desconcierto se transformaría en pánico. Redacciones en pausa, teclados en silencio y una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿y ahora qué escribimos?

Ahora bien, llevemos el ejercicio a un terreno más “científico”. En México, se estimaban 91.4 millones de usuarios de Facebook a julio de 2022. Noventa y uno punto cuatro millones. Es decir, si la plataforma desapareciera, no estaríamos hablando de una simple caída digital, sino de una especie de apagón emocional colectivo. Un país entero —o al menos una buena parte— preguntándose en simultáneo: ¿a quién le cuento ahora que ya me levanté temprano? ¿Dónde denuncio el bache? ¿En qué espacio libero mi opinión política no solicitada? El silencio nacional sería tan profundo que, por primera vez, podríamos escuchar… nuestras propias ideas. Qué peligro.

Pero lo verdaderamente apocalíptico no sería la caída de la plataforma, sino el descubrimiento brutal de algo olvidado: pensar sin público. De pronto, millones de personas tendrían ideas… y no sabrían qué hacer con ellas si no pueden recibir un “me gusta”. Las discusiones ya no tendrían algoritmo que las empuje, y las opiniones tendrían que sostenerse solas, sin la muleta del eco digital. Horror.

Quizá, en medio del caos, algunos descubrirían el viejo arte de la conversación cara a cara. Otros recordarían que existen libros, cuadernos o incluso el incómodo pero revelador ejercicio de reflexionar en silencio. Y sí, seguramente migraríamos a otra red —porque el ser humano no abandona tan fácil sus hábitos—, pero algo quedaría claro: no era Facebook lo que sostenía el mundo… era nuestra necesidad insaciable de ser vistos.

Así que no, no sería el fin del mundo. Pero para muchos, sería lo más cercano a un apocalipsis personal: existir sin notificaciones, sin la nota pagada, el reel engañoso, la exclusiva simplona o el chisme al momento sin el mínimo esfuerzo editorial. Y eso, aceptémoslo, ya para algunos suena más aterrador que cualquier catástrofe.

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