¿Por qué nos gusta el porno? Un misterio de la humanidad moderna

Por Bere del Río

Ah, el porno. Ese gran invento de la civilización que, junto con la rueda y el internet, ha revolucionado la forma en que la humanidad vive… o al menos, cómo pasa su tiempo libre. Porque, seamos honestos, ¿qué haríamos sin ese maravilloso acceso ilimitado a escenarios irreales, actuaciones dignas de un Óscar (o no) y cuerpos que desafían todas las leyes de la biología?

Olvidemos la educación sexual en las escuelas, la conversación incómoda con los padres o la necesidad de comprender el consentimiento real. ¡Para qué, si tenemos el porno! Nos enseña que la ropa interior desaparece por arte de magia, que el fontanero realmente arregla algo más que tuberías y que las mujeres siempre están listas y entusiasmadas para cualquier «sorpresa». Nada de expectativas poco realistas aquí, ¿verdad?

¿Tienes cinco minutos libres? ¿Estás aburrido? ¿O simplemente procrastinando? No importa, el porno siempre está ahí, dispuesto a entretener sin preguntas ni juicios. En una era en la que el contenido se consume a velocidades inhumanas, el porno ha logrado algo que pocos pueden: mantener la atención de las masas por más de tres minutos (aunque la mayoría solo necesite dos).

El porno nos muestra el mundo como realmente es… o al menos como nos gustaría que fuera si viviéramos en un universo alternativo donde todos tienen cuerpos esculpidos, nadie tiene que hablar mucho antes de la acción y los plomeros, albañiles y profesores de yoga están siempre en una misión especial. Claro, nada refuerza más la autoconfianza que compararse con estos estándares completamente alcanzables.

Al final del día, el porno nos gusta porque es fácil, accesible y, lo mejor de todo, no exige nada de nosotros. ¿Educación sexual realista? ¿Relaciones saludables? ¿Conversaciones sobre consentimiento? ¡Qué aburrido! Mejor sigamos “estudiando” este arte moderno con la excusa de que es pura «curiosidad sociológica».