Jueves de Jade
Cada jueves, a las nueve en punto, Samuel cruzaba las puertas del Eclipse, un club de luces bajas y melodías insinuantes. Era un hombre metódico, de traje gris y ademanes contenidos, un burócrata de carrera cuyo mundo se regía por expedientes y firmas, excepto aquella noche de la semana.
La primera vez que la vio, quedó atrapado en el vaivén de su cadera, en la manera en que su cuerpo parecía moverse con la cadencia de una melodía secreta. La llamaban Jade. Su piel bronceada brillaba bajo las luces de neón, y sus labios, de un rojo profundo, dibujaban sonrisas a medias mientras sus manos deslizaban el tubo con destreza felina.
Samuel no era un hombre de impulsos, pero esa noche, la miró más de lo debido. Ella lo notó.
Con el paso de las semanas, se convirtió en su espectador más fiel. Siempre sentado en la misma mesa, con un whisky en la mano, observándola danzar, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en su pecho. Jade jugaba con él, acercándose cada vez más, susurrándole palabras al oído que lo dejaban en un abismo de deseo.
Hasta que un jueves, ella lo tomó de la mano y lo condujo tras bambalinas. En la penumbra del camerino, el aire se llenó del aroma de su perfume y de la anticipación de lo prohibido. Samuel, quien pasaba sus días firmando documentos, ahora firmaba su rendición ante ella. Sus dedos recorrieron la piel ardiente de la bailarina, sus labios encontraron los suyos en un beso que rompió cualquier barrera de su mundo ordenado.
El murmullo del club se extinguió cuando sus cuerpos se fundieron en una danza distinta, una donde no había coreografías, solo el puro instinto. Jade se movió sobre él con la misma gracia con la que dominaba el escenario, y Samuel, por primera vez en años, se sintió libre, atrapado en el vértigo del placer.
Cuando todo terminó, ella se incorporó lentamente, dejando sobre su pecho el rastro de su aliento. Le sonrió con picardía y, antes de salir del camerino, le susurró al oído:
—Nos vemos el próximo jueves.
Samuel sonrió. Sabía que así sería.